Puebla: sobrevivir en tierra de violencia - La Vanguardia

Son las dos de la tarde en Yehualtepec. Se oye el repicar de las campanas de la iglesia que acarician al pueblo, en una paz aparente. No es aquel repicar que hizo brotar a la bestia: enceguecida y hambrienta de justicia, cuando aquella tarde de abril del 2018 se abalanzó sobre cuatro bultos de carne devorados por el fuego y con tiros de gracia en la sien. La misma celeridad con la que el pueblo ha sido devorado por la violencia y la indolente mirada de sus gobiernos.

El viento sopla; aún no hay cosecha de maíz. La región es árida y el calor sofoca. La tierra seca se levanta de los campos que esperan las primeras lluvias; se pega en la piel con la humedad del sudor en el rostro: es una tierra que clama justicia. Las madres corren por sus niños a la escuela: los besan en la frente y los toman de la mano. Los jóvenes, se apuran a llegar a casa. A la vista de todos, algunos muchachos son persuadidos por los "mañosos" que se juntan en el parque y en algunas esquinas para vender droga e invitarlos a formar parte de ellos.

Surgidos en el 2013 en el estado de Michoacan, estos grupos se han extendido al vecino estado de Puebla

En un abrir y cerrar de ojos, todos se evaporan, se encierran en sus casas como si fuera un pueblo fantasma. El camino que conduce a la entrada del pueblo se vuelve aún más solitario. Las primeras casas advierten con lonas y pancartas en las que hay impresas imágenes de los sujetos que fueron quemados vivos en el último linchamiento, con una advertencia: ¡Alto delincuente! ¡Si te agarramos te linchamos!

Las miradas comienzan a observar a los que somos ajenos en Yehualtepec, en el estado de Puebla, un municipio a 20 minutos del triángulo rojo, conocido así por ser el corazón de la extracción ilegal de hidrocarburos (el huachicol). A nuestro paso por el pueblo, algunos habitantes cambian su mirada y continúan a lo que sigue. Alguien ha advertido que somos visita, que ya saben las autodefensas que alguien nos espera. Una persona aguarda a esta reportera en un espacio céntrico y cerrado. Le telefoneo para anunciar mi llegada y sin problemas responde a la llamada. Finalmente me encuentro con él. Es un hombre sobrio, lacónico, contrariado por la insistencia de la entrevista que le he solicitado. Está inseguro, titubeante, nervioso. Es un hombre sabio, un profesional, rebasa los cincuenta y cinco. Acordamos no revelar identidades y nombres por seguridad. Los ojos de Luis apuntan hacia las lomas, las señala y comienza el relato: un 29 de septiembre justo el día de San Miguel, robaron nueve camionetas, pero la policía municipal estaba implicada y no había más remedio que organizarse para recuperar lo robado. No todas las camionetas aparecieron, hallamos tres. Las habían robado para huachicol, olían a combustible. La comunidad vecina de Zozutla, destaca Luis, es la más peligrosa. Hay gente mala, algunos ni son del pueblo. Hace tiempo llegó un matrimonio de Morelia –integrantes del cártel de la familia Michoacana- con hijos ya grandes. Comenzaron a delinquir y a contaminar a los chamacos. La policía lo sabía y lo permitía. En cierta ocasión un grupo de habitantes se organizó para hablar con los padres. Se les dijo que el pueblo ya sabía quiénes eran los que andaban asaltando y matando, se les dijo que sabíamos que en esa casa vendían droga y se guardaba lo robado. Ellos, fatuos y altaneros, respondieron: a mis hijos no les va a pasar nada y hagan lo que quieran.